
En una jugada que ni su propio gabinete sabía que venía, Donald Trump decidió “invadir” Groenlandia (sí, ese bloque gigante de hielo que nadie sabe si es país o refrigerador monumental), con la firme intención de “asegurar recursos estratégicos”… o tal vez solo quería nieve gratis para sus helados.
La OTAN, que hasta hoy pensaba que “Groenlandia” era un sabor de yogurt, convocó una reunión urgente por Zoom con traducción simultánea en 27 idiomas, mientras su ejército se perdió tratando de encontrar el norte sin ayuda de Google Maps.
Según fuentes totalmente imaginarias pero con gran sentido del drama, cientos de soldados europeos fueron “detenidos”… no por combate, sino porque tropezaron con su propio entusiasmo en el hielo, cayeron en agujeros de hielo imaginarios y terminaron siendo interrogados por pingüinos sindicalizados que exigían mejores condiciones laborales.
Trump, siempre elegante, declaró desde la cubierta de un iceberg:
“No fue una invasión, fue una inspección preventiva con potencial turístico”.
Mientras tanto, los líderes europeos redactaban comunicados de condena más largos que los créditos finales de una película de Marvel, sin que nadie sepa bien qué significa la palabra “condena” en este contexto… pero sonaba firme.
Conclusión de La Ñonga:
Groenlandia sigue siendo un lugar frío, la OTAN un club social con tanques de utilería, y Trump… bueno, Trump está ocupado buscando más territorios imaginarios que pueda “asegurar” antes de la próxima siesta presidencial.










