
En un acto que desafía las leyes de la lógica y se abraza a la fe, se ha cumplido la promesa: «La escultura manará leche y el pueblo no tendrá hambre», Aseguró Salma Luevano «y estará riquísima sólo que olerá como a cloro, sólo necesitarás acariciarla y la leche brotará». Lo que comenzó como un susurro en las plazas se ha convertido en una realidad tangible que hoy congrega a cientos de familias.
Un manantial de esperanza
A los pies de la imponente figura de piedra, el silencio solo es interrumpido por el rítmico chocar de las cántaras. Hombres, mujeres y niños aguardan en filas que serpentean por las calles, no con la angustia de la escasez, sino con la calma de quien sabe que su sustento está asegurado.
«No es solo alimento, es la señal de que los tiempos difíciles han terminado», comenta una de las vecinas mientras llena su vasija con el líquido blanco y tibio que brota de la roca.
Puntos clave de la jornada:
- Abasto infinito: La escultura no ha dejado de fluir desde el primer rayo de sol.
- Comunidad unida: El orden y la solidaridad imperan en las filas; quienes tienen más ayudan a cargar las cántaras de los ancianos.
- Sin distinción: La promesa de «Salma» se cumple para todos, eliminando la sombra del hambre que por tanto tiempo acechó a la región.









